sábado, 30 de enero de 2016

Punto de partida

Tengo una mujer vagando desnuda por mi cuerpo. Entró por los ojos y no tardó en hacer una hoguera en mi cabeza. Se ha instalado en mi garganta como señal de protesta, quiere un grito de guerra que haga temblar su pecho, un grito que le haga alzar el puño, para poco a poco, acabar bajando uno a uno los escalones de mis costillas. Se ha colado a soplar en mis pulmones y ha plantado un jardín de girasoles que hace girar iluminándolos a su paso. Se cuela justo al lado de mi corazón y se abraza a él a escucharlo latir, a oír el metrónomo de mis pulsaciones vibrando sobre sus pies descalzos, a sentir como su tristeza marca el tempo de la felicidad. Cuando me nota inquieto, se desliza por el interior hasta mi ombligo, asomando la cabeza para sonreírme desde abajo. Me esquiva introduciéndose de nuevo, bajando por mis piernas hasta hacerlas vibrar mordiendo cada uno de mis músculos. Eriza mi vello acariciándome desde dentro y dibuja pinturas rupestres con las yemas de los dedos que siempre acaban con la firma de sus labios. A veces, cuando hace calor, sale al exterior a mecerse en mis manos, se acurruca en mi palma y me pide que la arrope con mis dedos. Al llegar la noche, vuelve a entrar sin pedir permiso por mis labios, revoloteando por mi lengua mientras lee el braille de mis papilas gustativas. Escala por mi cabeza, me susurra muy bajito al oído para hacerme sonreír y se sienta cómodamente, colgando sus piernas en mis ojeras, en el marrón de mis ojos para terminar de sentir la oscuridad juntos.

Tengo una mujer vagando desnuda por mi cuerpo. Entró por los ojos y no tardó en hacer una hoguera en mi cabeza.

domingo, 3 de enero de 2016

La séptima cerveza

“Aquel que olvida su historia, está condenado a repetirla”

Una vez
tuve un reino,
y la historia fue tan caprichosa que no quiso
que lo llamase hogar.

Lo tuve en mis manos, destilando ternura,
y su hondo suspiro fue tan hipnótico
como el solo de Hotel California,
un miércoles de invierno entre andenes y estaciones.
Mis lágrimas fueron acordes y no quiso el destino
que fuese su cuerpo mi guitarra.

He caminado entre sombras y tinieblas
y sólo cuando llegó la luz

comprendí

que mi mundo estaba bajo el manto de la noche,
entre el viento que sólo la luna había tenido
el capricho de conocer,
y del que tantas veces intenté huir
cuando llegaba la séptima cerveza.

Hoy no voy a llorar.

Hoy
no voy a llorar.

Sé que puedo lograrlo
porque la borrachera
aún
no ha llegado a lo más alto

Hoy no voy a llorar.
Joder.

He convertido en (ll)oro todo lo que he tocado
y aún me cuesta no soñar con la caída.
Nosotros,
que nos follamos
tan
alto

Así que sí,
aquel que olvida su historia
está condenado a repetirla,

pero

¿y los que no dejamos de recordarla?



Este poema fue incluido en "Mi Cuento", de Pablo Lapeña.
En forma de abrazo;
gracias.